La inteligencia divina en aristóteles: concepto y significado

La filosofía de Aristóteles aborda una amplia gama de temas, desde la ética hasta la física y la metafísica. Uno de los conceptos más interesantes que desarrolló es el de la inteligencia divina. Aristóteles creía en la existencia de un ser supremo que era el principio físico y metafísico del entorno. Este ser, al que llamó el primer motor inmóvil, no solo era la causa de todo movimiento en el universo, sino que también poseía una inteligencia superior.

Índice
  1. Definición de la inteligencia divina
  2. La sustancia según Aristóteles
  3. El papel del primer motor inmóvil
  4. La influencia de Aristóteles

Definición de la inteligencia divina

Según Aristóteles, la inteligencia divina es el primer motor inmutable y eterno. Este ser es incorruptible y está más allá de la esfera de las estrellas fijas. Aristóteles lo describe como el pensamiento del pensamiento, es decir, como un ser que piensa su propio pensamiento, inteligencia y acto de inteligencia como uno solo. Es una forma o un acto sin materia que impulsa todos los movimientos en el universo y da vida a todo lo que existe.

Para Aristóteles, la inteligencia divina representa un ideal de existencia desprovisto de imperfecciones y limitaciones. Es una vida perfecta que consiste en la pura actividad de la contemplación inteligible. Según Céline Denat, el Dios aristotélico es un modelo de existencia que el hombre aspira a alcanzar.

Es importante destacar que Aristóteles describe a Dios en términos negativos, es decir, en relación con lo que los hombres no tienen. Esto se debe a que Dios es trascendente y está más allá de la comprensión humana. Sin embargo, Aristóteles no asume explícitamente esta negatividad, ya que su objetivo era desarrollar una teología positiva.

La sustancia según Aristóteles

Para comprender mejor la inteligencia divina en la filosofía de Aristóteles, es necesario entender su concepto de sustancia. Aristóteles divide la sustancia que conforma al entorno en tres clases:

  • Una primera clase física que incluye todo lo corruptible, como las plantas, los animales y el cuerpo humano.
  • Una segunda clase física, pero incorruptible y eterna, que abarca el entorno supra-lunar y los astros.
  • Una tercera sustancia metafísica, inmóvil y eterna, que es el primer motor inmóvil o la inteligencia divina.

Esta última sustancia es considerada perfecta, acto puro y forma pura. Es el ser por excelencia y es responsable de todo movimiento y cambio en el universo.

El papel del primer motor inmóvil

Según Aristóteles, el primer motor inmóvil es el origen de todo movimiento en el universo. Él mueve directamente a los astros del primer cielo, y estos tratan de imitarlo dando vueltas en círculo. El movimiento circular es considerado el acto más perfecto según la ideología griega, ya que no tiene principio ni fin, es continuo.

El primer motor inmóvil se contempla a sí mismo, lo que Aristóteles llama gnoesis gnoeseos, conocimiento de conocimiento. Al hacerlo, el primer motor se conoce a sí mismo como el ser más perfecto. Esto explica por qué el universo, según Aristóteles, tiene una estructura esférica. Los dioses no pueden distraerse de esta eterna autocontemplación, ya que dejarían de existir.

Es importante destacar que Aristóteles no consideraba al primer motor inmóvil como el creador del entorno, sino como la causa final de todo cambio y movimiento eterno. Este ser reduce la multiplicidad diversa de los fenómenos a una unidad inteligible.

La influencia de Aristóteles

La filosofía de Aristóteles tuvo una gran influencia en la teología medieval y en la concepción de Dios en la tradición cristiana. Tomás de Aquino, por ejemplo, se refirió al primer motor inmóvil en sus argumentos a favor de la existencia de Dios.

La inteligencia divina según Aristóteles es el primer motor inmutable y eterno que impulsa todo movimiento en el universo. Es un ser perfecto, acto puro y forma pura. Aunque es difícil describirlo de manera positiva, representa un ideal de existencia desprovisto de imperfecciones y limitaciones. La filosofía de Aristóteles y su concepto de inteligencia divina han dejado una huella duradera en la historia del pensamiento filosófico y teológico.

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